Tumbaya
La Hacienda de Tumbaya fue una propiedad rural comprada por Don Juan Alvarez Prado en 1855. Poseyendo una extensión de 24.000 hectáreas su rendimiento económico fue relativamente escaso dado que solo 63 hectáreas estuvieron bajo riego y otras 80 de pastizales fueron aptas para la cría de ganado.
La casa centro de la explotación, edificada por Pablo Alvarez Prado hacia 1880, está constituída por dos grandes patios. Uno de ellos, el de servicio, es simple y clásico, a un solo nivel con galerías o habitaciones en torno a sus cuatro lados; el otro mucho más complejo, presenta un fuerte desnivel de tres metros ocupado por una escalinata que une los dos planos horizontales, el de abajo, por el que se llegaba a caballo desde el campo y el de arriba, pequeño "cour d' honneur" que reúne a su alrededor las principales habitaciones de la casa: capilla, escritorio, sala, comedor y dormitorios. Desde la galería que comunica todas estas habitaciones entre sí se domina el espléndido paisaje de la boca de la Quebrada de Tumbaya Grande hasta la de Humahuaca.
En el centro de la galería se abre el "zaguán" que la vincula con el patio de servicio o de labor y que permite el paso del comedor a la sala en forma directa. Si bien la forma total es irregular debido a la adaptación al sitio, topográficamente complejo, el acceso por el eje de la escalinata a través del paso que deja una baranda de madera concluye exactamente en el tramo central de los cinco que presentan frontalmente las columnas de la galería y que permite ingresar, sin desviarse, por la puerta principal del comedor.
Este eje resulta reforzado, además, por los volúmenes casi gemelos del escritorio y el depósito inmediato a la capilla que sirven, además, como remate de la galería, contribuyendo a otorgarle a este patio alto la sensación de escala íntima que ya posee por sus medidas absolutas: 9 por 14 metros.
Combate de Tumbaya
Una nueva invasión realista había fracasado merced a la acción desarrollada por las milicias gauchas en una memorable campaña. La ciudad de Jujuy fue desalojada totalmente por los últimos 1000 enemigos, el 21 de Mayo de 1817, retrocedieron entonces por el camino de la Quebrada. Durante la marcha fueron permanentemente hostigados. Lo mismo ocurrió con los que habían salido anteriormente. Las partidas gauchas "Picaban" su retaguardia, aprisionaban a los rezagados y protegían a los desertores. Asimismo, causaban la desaparición de la caballada y desmoronaban piedras desde los cerros. Es decir, mediante infinidad de ardides dificultaron en sumo grado la retirada realista. El 28 de Mayo los españoles acamparon en Chorrillos (cerro ubicado en el límite de los dptos. Dr. Manuel Belgrano y Tumbaya). Acosados tenazmente durante la noche, decidieron seguir el camino antes del amanecer del día 29. Al iniciar la marcha, prendieron fuego a todo el campo e incendiaron por consiguiente los cerros vecinos. De este modo, la protección del viento, de las llamas y el humo, elementos encerrados en aquel cañadón de los montes, los resguardarían.Además les servirían de escudo contra los gauchos. Ante tal situación, el Jefe de una partida de los independientes, Coronel José Apolinario Saravia, ordenó al comandante Juan Antonio Rojas, que se adelantase al amanecer. Debía ocupar el bajo del Abra de Volcán en poder del enemigo. Mientras tanto, él con una división de unos 150 hombres, salía en su persecución. Lo alcanzó en el Abra y allí comenzó a hostigarlo por diferentes flancos hasta que logró reunirse con Rojas en el bajo. Llegados a ese punto, los realistas acomodaron sus posiciones. Favorecidos por la amplitud del campo, cargaron vigorosamente contra Saravia y Rojas. Estos se replegaron hasta el Arroyo del Medio, donde fueron reforzados por los gauchos de la división de José Gabino de la Quintana. Los enemigos, guarnecidos en las casas de la Posta, les prepararon una emboscada con 100 hombres que se habían ocultado en ese sitio.
La caballería, a cargo del brigadier Pedro Antonio de Olañeta, se apostó en la margen del río y el grueso de las tropas con el teniente coronel Jerónimo Valdés a su frente, más al fondo. Todo estaba así dispuesto cuando los gauchos cayeron de nuevo sobre ellos. Los realistas comenzaron a retroceder según lo convenido y se protegían con el fuego de un cañón. Al llegar a las casas, salieron de ellas el centenar de enemigos emboscados y rompieron el fuego. En su refugio, también cargó Olañeta. Los gauchos contestaron el fuego hasta que la infantería de Valdés llegó al sitio y el grueso del Ejército Real del Alto Perú entró en combate. Los primeros cedieron al número y retrocedieron hasta el Abra. Allí notaron que el viento había cambiado de dirección y que soplaba hacia donde se encontraban los realistas. De inmediato prendieron fuego al campo y las llamas avanzaron sobre el terreno enemigo. Este, obligado a huir, se replegó en el caserío de Tumbaya donde acampó esa noche. El combate había comenzado a las 9 de la mañana y duró hasta la puesta del sol con cortos intervalos. De los gauchos solo hubo un prisionero y un herido. En cuanto a los enemigos, no fue posible apreciar a ciencia cierta sus pérdidas. Como dominaban el campo, siempre arreaban con todo y ocultaban sus pérdidas. Al finalizar el día, los caballos de las fuerzas patriotas quedaron agotados a causa del reñido combate. Saravia anunció al general Martín Miguel de Guemes que se veía obligado a abandonar en ese punto la persecución. Dejaba que los pocos infernales que pudieran montar prosiguieran a cargo de Rojas. Eran los postreros esfuerzos de la caballería gaucha, tanto más gloriosa y heroica cuando menos fueron los recursos materiales que tuvo para defender la Nación.
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