Leyendas
Allá por el año 1936, recogimos de los labios de un anciano quemador de piedra caliza de Coctaca, Don Teodoro Zapata, la siguiente versión que, con ligeras variantes circula cada vez mas olvidada y deturpada , entre la población campesina de Rodero, Hornaditas y Atojara, localidades todas, del departamento de Humahuaca. Cuentan que hace muchísimos años, vivía en Queragua, también distrito de Humahuaca, donde tenia su ranchote adobe, su mujer, su rebaño de ovejas y tropas de llamas, un runa llamado Leandro, bueno y trabajador, pero muy interesado en los bienes materiales, tal vez por su misma condición de suma pobreza. Su vida se deslizaba sin mayores alternativas en la soledad de sus cerros agrestes, interrumpida solamente de vez en cuando por cortos viajes a los valles, para proveerse de ocas y yacones, y a las salinas para traer a su hogar, los indispensables panes de sal, para todo el año. Precisamente en uno de esos viajes a Tres Morros, conoció a un viejo arriero puneño, quien le refirió de ciertas versiones oídas en su niñez, en las interminables noches puneñas, al lado de la fogata de tolas, mientras los mayores tomaban sus “tecitos” de pupusa, reforzados generosamente con aguardiente “del Puro”, que en los primeros tiempo de la conquista de los españoles, habían llegado emisarios del Inca Atahualpa, pidiendo se entregaran a los mismos, todo el oro y la plata que tuvieran , para pagar su rescate. Dichos emisarios habían cumplido acabadamente su misión y ya regresaban ascendiendo trabajosamente la quebrada de Humahuaca, con sus reatas cargadas al máximo con los preciosos metales, pues habían conseguido: pepitas, Vinchas, paladares, brazaletes, placas pectorales, campanillas, llamitas y cetros de madera del chaco, adornados con anillos y punteras de oro; cuando llegaron chasquis con la infausta noticia, de que el Inca, había muerto vilmente asesinado por los traidores españoles, no obstante la solemne promesa de que su vida seria respetada, mediante la entrega del rescate estipulado. Después de apresuradas deliberaciones, y no deseando que los tesoros recogidos cayeran en el poder de los enemigos de su raza, resolvieron arrojar sus cargas, en las proximidades de la solitaria y casi desconocida laguna, que esta situada a unos tres mil metros de altura al NE del pueblo de Humahuaca. Y así lo habrían hecho.
Volvió Leandro del viaje, y contó a su mujer, lo que le había informado el viejo salinero, y desde ese día no vivieron tranquilos pensando en la forma más viable de apoderarse del fabuloso tesoro, hundido en las serenas aguas de la laguna. Entrar directamente en ella, resultaba a todas luces imposible, se decía que no tenia fondo, que se tragaba irremisiblemente a cuanto objeto o ser viviente caía sobre la superficie de su traicionero espejo. El echo es que a partir de ese entonces comenzó a realizar recorridas a través de los cerros de Queragua, hasta la laguna legendaria, para ver si de alguna manera podía resolver el problema que le quemaba los sesos...
Finalmente, después de consultar con su mujer, resolvió que el único medio posible seria desagotarla construyendo un zanjón de desagüe, en la zona más declive del terreno. Como no se le escapaba la magnitud de la tarea a realizar pensó en reunir algunos vecinos para que lo ayudaran, pero su mujer se opuso terminantemente, pues no deseaba compartir con otros los frutos del ambicioso plan.
- Tú cavarás y yo te allegaré el charqui, el mote y el tulpo para que comas; que agua tienes harta para tomar… Leandro puso manos a la obra, los días y los meses pasaban, cuando una tarde febrero, comenzó a bramar el viento, se encrespo la laguna en la inmensidad de la aguas; del centro de la misma se elevo una densa nube, bramo el trueno repetido cientos de veces por el eco de los cerros cercanos, y emergió súbitamente del agua, la figura de un formidable cuadrúpedo con las astas de puro oro. Tan aterrorizado estaba que ni si quiera atinó a mover un pie, para disparar. El espantoso animal, salio del agua, retozó unos instantes, se revolvió en la arena, lanzo unos bufidos horrorosos y luego desapareció en las profundidades de donde había venido. El aire se sereno y el agua volvió a reflejar el cielo eternamente añil de la quebrada. Leandro regresó a su casa, más muerto que vivo, emanando sangre por la nariz y casi sin poder hablar, de tal manera que apenas pudo referir a su compañera lo sucedido, jurando que nunca más volvería a esos malditos sitios y que todo no era otra cosa que un aviso de Apu-Yaya (Viejo dios del cerro) por su afán de destruir la laguna.
Arrebatosé en cólera su mujer y lo trato de cobarde y mentiroso, que si aguantaba un tiempo mas, serian ricos, inmensamente ricos. Y en cuanto al animal, ¿Por qué no boliarlo con las lives y luego cortarle las aspas? Al fin pudieron mas las malas artes de la mujer, que la razón y la predecía, y Leandro volvió a las andadas, auque con menos confianza que antes. Cuando ya se creía muy próximo a saborear victorioso el triunfo, en una tranquila tarde de Marzo, volvió nuevamente el viento bramador, se oscureció de pronto el cielo, se levanto la amenazadora nube y apareció otra vez el terrorífico animal luciendo su cornamenta de oro. Leandro quiso tomar sus boleadoras pero el animal dirigiéndole un a mirada centellante, lo inmovilizó y retrocedió lentamente hacia el centro de la laguna, lo fue trayendo con la fuerza de su terrible mirada, como la serpiente a la débil avecilla, hasta que nuestro hombre desapareció tragado por el agua, pagando cara así su temeridad y avaricia. Cuando horas mas tarde llego su mujer al sitió de la tragedia, trayendo las provisiones para su marido, solamente encontró entre los “Chillaguares” el poncho la chuspa con coca, las boleadoras, la enorme excavación, y la estrella de la tarde mirándose en las frías aguas de la laguna.
Cuenta la gente del lugar, que en las noches de tormentosas cuando arrecia el viento, en las cumbres de Rodero, se suele oír el golpear de las piedras, que Leandro tira para rellenar la tierra que en mala hora cavó en su insensatez e irreverencia.
Justiniano Torres Aparicio